Archive for February, 2007

Sorpresas

Pues efectivamente la vida me dio sorpresas. Confieso que soy una persona orgullosa (Iruki, tienes que dominar ese orgullo tuyo, me decian siempre). Y esta semana decidí que era hora de resolver unos problemas con unos amigos. De los cuatro involucrados además de mí, sólo tres eran buenos amigos y me importaban, el cuarto era adicional. Pero como la vida siempre me sorprende (a mí, que siempre digo que nada me sorprende, sólo para apantallar) el que menos me importaba, fue quien más puso de su parte para solucionar todo. Y el que yo creí que sería el más fácil, fue el único que dio la espalda.
Así que un amigo no era tan amigo como parecía y el que no parecía era mucho más de lo que parecía (o de lo que yo pensaba, como sea).
Como conclusión, Iruki avanza. Avanza y avanza.

Te quiero a las diez de la mañana

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines. Del libro Ojos de Aguja. Antología de microcuentos.

Otras multitudes

Uno dos y tres

Jugueteria y canciones (fragmento)

Cuando tengas ganas de morirte
esconde la cabeza bajo la almohada
y cuenta cuatro mil borregos.
Quédate dos días sin comer
y verás que hermosa es la vida:
carne, frijoles, pan.
Quédate sin mujer: verás.

Cuando tengas ganas de morirte
no alborotes tanto: muérete
y ya.

Jaime Sabines

No me digas que no

No, no me digas que no, no.
Si lo que quieres es huir, no intentes ya mentirme mas, ya no.
Sabes que mientes, si.
Mejor dime que si, si.
Que es verdad que yo te gusto que no quieres a nadie mas que a mi.

Nikki Clan - No me digas que no, del disco Nikki Clan, 2006.

(En lo que me he convertido, un popero. Ah, ya era)

Mano

Quiero tender una mano. En realidad quiero tender cuatro, pero como sólo tengo dos, tendrá que ser una para todos.
Quiero tender una mano reconciliadora a cuatro personas, tres de ellas importantes, la cuarta no. Pero las relaciones son importantes. En realidad, las primeras tres personas en cuestión se alejaron de aquí por influencia de la cuarta. No se trata de buenos o malos, o del lado oscuro de la fuerza. Se trata de actitudes, de valores y sobre todo de lealtad. Lealtad no significa exclusividad, jamás sería lealtad eso, pero sí se trata de respeto y responsabilidad.
Y aún así, a pesar de haber sido insultado y traicionado, quiero tenderles la mano.
No soy rencoroso, aunque confieso que me gusta molestar un poco, digamos que es la penitencia por el crimen cometido. Pero no guardo rencores y olvido fácil las cosas.
Es por eso que les tiendo la mano. Por mi parte, les prometo que no volverán a ver actitudes negativas. Y si ambas partes nos tendemos la mano, las cosas no serán como antes.
Serán mejores.

Maestro Sabines

Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí.

Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño.

Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

Jaime Sabines. Del libro Ojos de Aguja. Antología de microcuentos.

No

Dijimos que ya nos habiamos olvidados. En realidad, no lo dijimos pero los dos lo pensamos. Eso creo.
Dijimos que no volveriamos a intentarlo. No lo dijimos pero lo supusimos. Eso creo.
Dijimos que frente a los demas pretenderiamos que nunca paso nada. Lo pensamos, no lo dijimos. Eso creo.
Pero hoy que nos vimos, nos dimos cuenta, que no nos hemos olvidado.
Que a los dos nos gustaria volver a intentarlo.
Que es evidente que hubo algo.
Y todo eso sucedio al mismo tiempo: cuando se tocaron nuestras manos.